El problema de los grupos de ultraderecha no es menor: mientras en las elecciones europeas de 1984 conseguían menos del 4% de los votos, en las últimas elecciones superaron la barrera del 25%; de hecho, si los tres grupos ultras se unieran, serían la primera fuerza política en el Parlamento europeo. Más aún, tres países de la Unión tienen presidentes de partidos de extrema derecha y en otros ocho participan en el gobierno de manera directa o indirecta; resumiendo: 11 países de los 27 están gobernados o participan en el gobierno partidos de ultraderecha. Asimismo, los encontramos en los gobiernos de EE.UU., Argentina, El Salvador, Israel, e incluso en India que es también otro ejemplo de «autocracia electoral» nacionalista.
Steven Forti, catedrático de la Univesidad Autónoma de Barcelona, defiende que, a pesar de las diferencias, todos los grupos y partidos de extrema derecha comparten una serie de características comunes desde el punto de vista ideológico. Éstas son:
- un marcado nacionalismo,
- un nativismo y un identatirismo que les lleva a la condena de la inmigración a la que consideran como «invasión»; de ahí su xenofobia, su islamofobia y su desprecio hacia las poblaciones indígenas. (Es llamativa, por ejemplo, la xenofobia que encontramos en Chile hacia los venezolanos).
- una actitud contraria a las sociedades abiertas,
- una crítica a la globalización y al multilateralismo,
- una visión autoritaria de la sociedad, centrada en el lema «ley y orden»,
- un desprecio a todo lo que suponga progresismo,
- un antiintelectualismo,
- una defensa de los valores conservadores y de las tradiciones,
- y una toma de distancia formal del fascismo histórico hacia el que sienten admiración, a veces, no disimulada.
Curiosamente, a estas características se une un atractivo para los jóvenes: la de presentarse como «rebeldes antisistema». Una actitud que consigue lo que toda generación joven busca: demostrar su identidad en oposición a las de los mayores; y para eso nada mejor que una actitud que saca de quicio a esos adultos que aún creen en la democracia y en las instituciones. Una democracia y unas instituciones de las que se sienten orgullosos porque ellos colaboraron para hacerlas posibles y para acabar con cuarenta años de dictadura franquista de los que ahora les cuentan que no era tan mala.
Todos estos partidos y grupos de extrema derecha tienen, también, en común la utilización de las nuevas tecnologías y de las redes sociales como herramientas de propaganda y de difusión de sus mensajes. Asimismo, han puesto de moda el empleo de una retórica trasgresora y provocadora que antes se consideraba inaceptable y se identificaba con la falta de preparación y el mal gusto y ahora se considera una característica de los verdaderos políticos del pueblo (frente a las élites educadas) aquellos que les revelan la verdad ocultada por quienes han ostentado el poder hasta ahora. En fin, «Populismo» de manual.
Otro de sus objetivos es generar desconfianza entre los ciudadanos hacia las instituciones y los expertos mediante la difusión de mentiras y de teorías conspiranoicas que calan profundamente en los miedos paranoicos de muchos ciudadanos. Todo con un objetivo claro que es marcar el debate público y mantener la iniciativa política.
El resultado es una sociedad cerrada, intransigente y polarizada en la que el enfrentamiento entre sus ciudadanos se convierte en un peligroso mecanismo político que no parece llevarnos a ningún lugar deseable.
Comparten redes trasnacionales enormes
Los grupos y partidos políticos de extrema derecha están organizados internacionalmente a través de enormes redes trasnacionales con una cantidad de recursos económicos ingentes. Esto les permite el intercambio de ideas y una colaboración fluida con una red de fundaciones, «think tanks», asociaciones y organizaciones internacionales que trabajan para la creación de lazos entre estos grupos, ofreciéndoles todo tipo de idearios y de apoyos en la organización de grandes citas en las que se conocen entre ellos y recaban apoyos mutuos. En esa amalgama se encuentran también en estrecha colaboración con las redes del integrismo cristiano (incluidos los ultraortodoxos rusos) con los que comparten su defensa de los valores tradicionales. Asimismo, han puesto en marcha instituciones educativas para formar a sus cuadros que luego ostentarán cargos políticos y organizativos.
No deja de ser una paradoja que los más ultranacionalistas hayan conseguido forjar una especie de internacional reaccionaria.
Steven forti, El bosque, no los árboles. La extrema derecha como una gran familia global – Revista público – marzo 2025, págs. 8,9
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