• Hay que construir una sociedad urbana saludable; la actual no lo es.
  • Hemos pasado de contemplar la degradación de los centros de las ciudades a su recuperación para terminar expulsando a quienes vivían en ellos, llevando a cabo el reemplazo social que es la «gentrificación».
  • Los centros se han creado como zonas para ricos o como escaparate para turistas que asisten a una imagen estereotipada de las ciudades.
  • La vivienda ha sido convertida en negocio y ha dejado de ser un bien de primera necesidad.
  • Con el desarrollismo se construyó mucho y de poca calidad para absorber a la inmigración que llegaba a las ciudades y se instalaba en barrios de chabolas.
  • Hemos pasado de la aspiración a la compra de una vivienda, al alquiler de un piso y, ahora, al alquiler de una habitación (que es lo único que se puede pagar a duras penas.
  • Del mismo modo, cuando los centros de las ciudades se han hecho inasequibles (sólo para ricos) y sin vivienda porque se ha dejado para turistas. Los barrios de alrededor han sufrido la misma presión de quienes no pueden acceder al centro, provocando el desplazamiento de los más pobres hacia zonas aún más exteriores de la ciudad. Siguen trabajando en el centro de la ciudad para apartamentos, bares, restaurantes o franquicias pero ahora han de pagar un precio más caro por su trabajo: el tiempo que deben dedicar diariamente a desplazarse desde casa al trabajo y viceversa.
  • Ahora cada zona de la ciudad tiene su propio grupo social y económico, sin la diversidad que hace de una ciudad un lugar «sano».

Los centros de las ciudades a finales del siglo XX eran en muchos casos espacios degradados, con un parque de viviendas envejecido y un largo ciclo de infrainversión donde históricamente había residido la clase trabajadora. […] Los centros se vuelven deseables y tanto las inversiones inmobiliarias como las políticas públicas de mejora del espacio se concentran en ellos. […] La reurbanización de calles, las peatonalizaciones, la rehabilitación de edificios o la inauguración de equipamientos culturales […] eleva […] el interés de inversores y de nuevos vecinos, conduciendo a una escalada de precios de la vivienda. […] [Nace un «reemplazo social» que los técnicos denominan «gentrificación»]
Muchos vecinos de ven forzados a marcharse [los vecinos cambian, también los comercios y las redes vecinales desaparecen]. La estampa final es cruel. […]
En 2013, entraron en vigor una serie de reformas sobre la Ley de Arrendamientos Urbanos que disminuyeron la duración mínima de los contratos de alquiler, permitiendo mayor rotación de inquilinos y eventuales subidas de los precios. […] [Proliferaron las] Sociedades Cotizadas Anónimas de Inversión en el Mercado Inmobiliario (SOCIMI), cuya actividad se centraba en el mercado del alquiler.
[Se priorizan así:] vivienda turística, alquiler de temporada para población transitoria, alquiler por habitaciones, colivings y otros formatos que permiten reajustar (al alza) precios con más frecuencia. [De este modo se] reduce el tiempo de permanencia que anclaba a los residentes al barrio.
[Se produce una competición entre ciudades]. Las ciudades buscan poner su nombre en el mapa y construir una marca propia con la que posicionarse. El repertorio es conocido: congresos y ferias, festivales, grandes piezas arquitectónicas, candidaturas y eventos deportivos, operaciones de regeneración urbana que reescriben la imagen del lugar,… Por mencionar algunos ejemplos, Barcelona convirtió los Juegos Olímpicos de 1992 en un hito fundacional de su proyección internacional; Valencia aportó por la Ciudad de las Artes y las Ciencias […]
[Las ciudades, sus centros, se convierten] en un escaparate para turistas, en una experiencia de consumo para población transitoria y en un espacio inhabitable [para sus cada vez menos vecinos]. [La ciudad busca atraer empresas, empleos especializados de alta cualificación, turismo de sol y playa, o histórico y patrimonial, estudiantes que buscan universidades de prestigio, buen clima, o cualquier otro atractivo que les otorgue valor para estos habitantes temporales, con grandes recursos, capaces de pagar unos alquileres que distan mucho de lo que pueden costearse quienes nacieron en ella. La emancipación de los jóvenes se hace imposible.]
Los que comenzó en los centros se ha convertido en una dinámica de conjunto, alimentada por un efecto dominó: cuando un área se encarece y sus vecinos son expulsados , éstos se reubican en otros barrios, muchas veces contiguos, pudiendo desplazar a los residentes de éstos últimos. Se produce así un desplazamiento en cadena que en ocasiones excede los límites municipales, afectando al resto del área metropolitana.
[Al expulsar a la periferia] aparecen los costes en forma de tiempo. Las trabajadoras que sostienen la ciudad siguen trabajando en ella, pero pasan a vivir más lejos, acumulando horas de transporte que erosionan la vida cotidiana. [Se produce un empobrecimiento de amplias capas de la sociedad, se pierde mezcla social y desaparecen los entornos de socialización]. Una ciudad donde rentas, edades y orígenes se segregan por barrios produce experiencias urbanas cada vez más separadas [lo que repercute en la calidad de esas ciudades].
Para construir una sociedad urbana más saludable necesitamos transformar la concepción de la vivienda como un bien de mercado a la vivienda como un derecho básico y universal. Ello pasa por detener la especulación, garantizar el uso residencial de la vivienda y evitar la expulsión de los y las vecinas de nuestros barrios.

Carlos sanz pérez, «El espanto de la vivienda» – Revista tintalibre, febrero 2026, pág. 31-32