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¿Por qué quien ha sido pateado patea a otros?

Esta mañana Leila Guerriero lo planteaba en su nota semanal de «A vivir que son dos días»: nadie se ha hecho la pregunta importante.

Cuando la actriz trans Carla Sofía Gascón, nominada a los Óscar, pero ahora cancelada, recibió el premio en Cannes dijo: es la primera vez que he recibido un premio, siempre lo que he recibido han sido patadas.

A partir de desvelarse sus antiguos tuits en los que expresaba opiniones racistas (contra George Floyd, asesinado en una detención policial) y xenófobas (sobre cuántas veces más habrá que explulsar a los moros de España) surgió todo un proceso de cancelación contra ella tanto para la promoción de la película como para la recogida de los posibles premios que pueda recibir.

Pero nadie se ha hecho la pregunta verdaderamente importante: ¿por qué alguien que dice que sólo ha recibido patadas en su vida se permite patear a otros a los que considera situados por debajo se su propia escala? Quizá cuando seamos capaces de responder a esta pregunta seremos capaces de entender por qué Donald Trump ha vuelto a ser reelegido como presidente de los EE.UU.

Así entenderemos cómo ciudadanos de origen latinoamericano han votado al republicano para evitar la llegada de más inmigración o la devolución de los migrantes a sus países de origen. (Por cierto, los venezolanos que votaron a Trump lo hicieron porque consideraban que sería capaz de echar a Nicolás Maduro del poder. Paradójicamente, ahora son ellos los expulsados a Venezuela por el presidente que ayudaron a elegir).

Incapaces de actuar. Incapaces de transformar el mundo

Hoy están bombardeando Líbano. Ayer estaban masacrando Gaza. Anteayer seguían activas multitud de guerras enquistadas. Por cierto, hoy siguen buscando los cadáveres de las sesenta personas (no números; personas con nombres y apellidos) que ayer se ahogaron llegando a la isla de El Hierro, porque todos se pusieron en la misma borda cuando vieron llegar al barco de «Salvamento marítimo».

Hemos perdido la capacidad para actuar, para escandalizarnos y para reaccionar. Ya no sabemos cómo hacerlo. Todo nos viene demasiado grande. Nos han convencido de que lo que hagamos no sirve para nada, y nos hemos refugiado en el individualismo, o lo que es lo mismo, en la soledad.

Los partidos de izquierda y los movimientos sociales era los principales motores de transformación, de cambio pero tampoco ellos han sabido canalizar la acción humana: la acción política.

Aunque en la sociedad existan colectivos, centros sociales, movimientos vecinales, cooperativas o grupos más o menos organizados, lo cierto es que estos no tienen representación política. Parece que no hay proyecto ni necesidad de él, en cambio aparece

una demanda confusa, que no tiene claro qué pide y contra quién se dirige, que toma los camino más diversos, empezando por una furiosa retirada a la esfera privada. […] [Asistiendo así a] un profundo proceso de pasivización y despolitización, que en el mejor de los casos produce queja, recriminación por todo, fenómenos reactivos, porque es incapaz de generar una representación estable de un deseo de cambio. […] [La política pierde así su dimensión colectiva y convierte al grupo social en un conjunto de] Individuos cada uno en posesión de un pequeño trozo de verdad, deambulando como sonámbulos, complaciendo prezosamente los impulsos que les guían y rechazando cualquier compromiso serio.
[Por eso nace, o se recupera (según lo veamos) un sentido antidemocrático en auge, ligado a los partidos de extrema derecha, y basado en un sentido autoritario del poder como salvación. Un poder que reclama un líder autoritario (Meloni, Trump, Milei, Orban,…) que marque las directrices. Es, en el fondo, un] intento de aprovechar la oportunidad de desarticular definitivamente la posibilidad de que los oprimidos se organicen, y también de construir simbólicamente un nuevo comienzo.

Salvatore Prinzi, Tinta Libre – Elogio de la heterodoxia – «La izquierda española en el espejo de la italiana»

¡Ah no, espera, que tenemos las redes «sociales»!

«Vivimos obsesionados por compartirlo todo: ideas e imágenes, selfies y memes, proyectos sesudos y frivolidades, direcciones y destinos turísticos, la manicura y el bostezo, bacanales y recogimientos, guerras y abusos, denuncias políticas y proclamas contra gobiernos, odios, likes, millones de likes…»

Iván de la Nuez, Tinta Libre – Elogio de la heterodoxia – «El arte de copiar», pág. 30

Es paradójico que vivamos en la época con los medios y herramientas de comunicación más potentes de la historia y, sin embargo, con la mayor cantidad de personas solas que la humanidad jamás haya conocido.