Siguiendo al primatólogo Frans de Waal, el ser humano es el único animal que participa de la antroponegación, que entiende como una extraña fantasía de trascendencia, en virtual de la cual espera librarse de la muerte negando su pertenencia a la especie animal. Nuestro narcisismo de especie sería una fantasía compensatoria, consistente en afirmar, frente a todos los demás seres vivos, que poseemos una angélica condición inmortal, por la variable razón de que somos los únicos en tener alma, en ser racionales, en gozar de libertad, en saber jugar, en hacer arte, o en tener la capacidad de ser buenos, o de ser malos (pues, al que siente que no vale, todo le vale). Este narcisismo estructural nos ha llevado, a lo largo de los siglos, a creernos la principal preocupación de un Dios, que nos habría hecho a su imagen y semejanza; el centro de un universo que no sabría reponerse a nuestra muerte (cuando la nada está llena de especies imprescindibles); y los dueños de unos animales y unas plantas, que despreciamos y explotamos inhumanamente. No nos resulta sospechoso que ningún extraterrestre haya sido nombrado Mister Universo. Estamos encantados de habernos desconocido.
Íbid., pág. 4-8
Un narcisismo estructural
Nuestro narcisismo estructural también se basa en el hecho de que nuestra propia racionalidad (que es uno de los pilares de nuestra autoestima), implica una escisión de nuestra vida en dos: hay un yo que vive la vida desde dentro, de forma libre, inconsciente e inmediata, y otro que la dirige, dispone y evalúa desde fuera, llenándolo todo de dudas y de críticas. Esta escisión, o reflexividad, no sólo nos impediría vivir de forma espontánea y plena, como hacen, por ejemplo, los perros, sino que, mediante el mecanismo de la introyección, nos convierte a nosotros mismos en el caballo de Troya de unos valores sociales mayoritariamente equivocados. […]. De esta escisión autocensora surge un profundo autodesprecio, en el que se combinan la frustración de no poder cumplir con las expectativas de nuestro otro (colectivo) interior, y la rabia por traicionar nuestros deseos (individuales) más profundos. […] Sin duda, no somos perros, ni podemos serlo, ni siquiera es deseable que deseemos serlo. Pero sí podemos tratar de no ser tan demasiado humanos.
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el hecho de considerarnos demasiado importantes, nos lleva a imponernos tareas excesivas, agobios innecesarios, decepciones inevitables y condenas injustas; todo ello debidamente fiscalizado por nuestra conciencia escindida.
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acabamos creyéndonos nuestras propias máscaras de mentiras, como aquel hombre que se disfrazó de oso, y al ver que se encontraba mal, se fue al veterinario.
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[El narcisismo, nacido de nuestra propia construcción idealizada de nosotros mismos, es] Dañino porque nos aparta del mundo. Y es que por mirarse en el cristal de la ventana, el narcisista no sólo no ve a los demás pasajeros, sino que ni siquiera ve el paisaje. […] Dañino porque nos debilita y amarga. Pues la distancia entre su autoimagen idealizada y la realidad pertinaz cava una falla narcisista, que tratamos de salvar a toda costa arrojando a su interior todo aquello que nos limita, incluida nuestra propia vida, imperfecta, caótica, y salvajemente real.
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A nivel individual, no nos iría mal restarnos un poco de importancia. No se trata de menospreciarnos, en tanto que seres miserables, sino de justipreciarnos, en tanto que seres a la vez insignificantes y maravillosos, […]. Porque, si una de las grandes causas de nuestra infelicidad es nuestra falta de humildad, que nos carga, primero, con tareas y esperanzas desaforadas y, luego, con frustraciones y decepciones excesivas, la humildad no puede consistir en arrojarse a un pozo de miseria, sino en descender una pendiente para saltar más alto, como los que hacen salto de esquí.
También nos iría bien una cierta pedagogía del límite, que nos ayudase a comprender, como la paloma de Kant, que la muerte, la vejez, la enfermedad, el cambio, el desorden y la imperfección no son trampas que deban llevarnos a romper al baraja, sino la mano con al que debemos jugar la partida. Que ser imperfecto es mejor que ser perfecto, porque lo perfecto no existe, y es mejor se la cola de un ratón que la cabeza de un león inexistente. Que los límites no son una humillación, sino una condición de posibilidad. Nos hace falta, en fin, un poco de asentimiento. Un poco como Freddie Mercury, que nunca se arregló los dientes, porque no quería que eso cambiara el timbre de su voz.
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Y nada mejor para hacernos humildes, descentrarnos y asentir con lo que somos que reírnos un poco de nuestro yo […]. Liberados mediante el humor de nuestros delirios de grandeza, podemos asumir, mediante la risa, nuestro ser real. Por eso, en mi opinión, unas de las mayores obras de la filosofía francesa es haber escogido a un gallo como símbolo nacional, porque es el único animal capaz de cantar con los pies en la mierda. […]
Claro que el humor no sólo nos permite reírnos de nosotros mismo, sino también abrazarnos en una risa común, en tanto que participantes de una misma condición humana ridícula, contradictoria, frágil, tierna, y muchas veces excusable. Sólo cuando comprendemos que todos estamos hasta el cuello, nos convenceremos de que lo mejor es no hacer olas.
[Contra ese narcisismo instalado en nuestra sociedad que ha creado «individualistas posmodernos enganchados al espejito espejito de las redes sociales» debemos] fomentar la idea de que la lucha política debe ser la lucha conjunta por unos derechos universales, y no la pelea de grupos de interés por sus propios intereses particulares; buscar formas de recomponer el tejido social, porque el individualismo se nos ha revelado como una sábana demasiado corta, que nos deja destapada la espalda cada vez que se la robamos al de al lado; o redescubrir la lectura, el arte y la filosofía como formas de exponernos y reconciliarnos con la otredad de las personas, las ideas y el mundo. Sin duda, todas estas medidas parecen ingenuas ante la horda desatada de sociópatas que gobierna el mundo. Bueno, como no diría Groucho Marx, estos son nuestros principios, sin no funcionan, tenemos otros medios, y otros finales…