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España a la cabeza en la instalación de alarmas en viviendas – Los mercaderes del miedo

ISAAC ROSA – «Los mercaderes del miedo» (Tintalibre – diciembre 2024, págs. 22-25)

https://www.infolibre.es/tintalibre/mercaderes-miedo_1_1915632.html

En España hay instaladas 2.800.000 alarmas en viviendas porque un grupo de «asustaviejas» han decidido hacer negocio con el miedo que ellos mismos, con la colaboración de otros, han promovido.

España es el país de Europa con más alarmas de hogar instaladas. Repito, que no te veo muy asombrado: el país de Europa con más alarmas de hogar instaladas. No en términos relativos, alarmas por cada mil habitantes, sino en números totales. Y coincidirás conmigo en que España no es el país más poblado de Europa, ni de los que más viviendas unifamiliares tiene; y sobre todo no es el país con más criminalidad de Europa. Todo lo contrario: no se cuenta entre los países con más delitos, y si quitásemos de la estadística el crimen organizado y el narcotráfico, que tienen especial incidencia en España, resultaría que es uno de los países más seguros de Europa.
Espera, que hay más: somos el cuarto país del mundo en número de hogares con alarma, según las propias empresas del sector. Cuarto país del mundo, casi en el podio. Solo nos superan Estados Unidos, China y Japón, países para empezar mucho más poblados que España. ¿Somos el cuarto país más inseguro del mundo? Ni de lejos, todo lo contrario, estamos entre los de menos criminalidad. Y sin embargo, las empresas del sector insisten en que es un mercado con mucho recorrido: quedan muchas fachadas sin pegatina. Apuestan por duplicar los actuales tres millones de alarmas en una década. Tan notable es el negocio, que en los últimos años se han lanzado al mismo compañías de telefonía, bancos y aseguradoras, todos ofertando a sus clientes una alarma de hogar al contratar una línea, una hipoteca o un seguro.

[…] La narrativa publicitaria de estas compañías, omnipresente en radios y televisiones, y la narrativa pseudoperiodística de ciertos programas televisivos, [ha provocado un nuevo miedo: el miedo a los okupas]. […]

Sin embargo, una vez más los datos desmienten ese temor. Ni somos un país con incidencia importante de robos en hogares, ni mucho menos estamos entre los países europeos con más viviendas okupadas. Es más el número de okupaciones no crece al ritmo que lo hace su alarma (ni las alarmas). Es muy improbable que alguien okupe tu vivienda, pues en la mayoría de casos se trata de pisos vacíos de bancos y fondos. Pero además es totalmente imposible que okupen tu propia casa (mientras sales a comprar, dice la leyenda urbana circulante), pues sería un allanamiento de morada que implica la inmediata intervención policial, desalojo y castigo. Los conflictos más habituales en relación con la okupación tienen que ver con pisos vacíos (de bancos y fondos en su mayoría), y con inquilinos que no pueden seguir pagando o que tienen cualquier tipo de problema con los propietarios; casos para los que no valdría ninguna alarma de hogar. Ni siquiera la que detecta al intruso y lo envuelve en una niebla cegadora. No, esa tampoco.

[¿Cómo no voy a tener miedo si en la tele hablan de okupas a todas horas?]

[¿No vas a pagar una cuota que puedes asumir por proteger lo más valioso de tu vida que es tu hogar? Porque si te quitan tu casa te lo quitan todo, te dejan en la calle,… ¡Y sólo por una pequeña cuota mensual!]

Tenemos miedo, mucho miedo, hacia un miedo difuso

Así de simple: que tenemos miedo, mucho miedo. No a que entre un ladrón o un okupa, como tampoco a un mena o un inmigrante, protagonistas habituales de nuestros cuentos de miedo más recientemente, ni tampoco a los pobres, que siguen siendo las clases peligrosas de toda la vida. Eso son solo miedos derivados. Miedos fáciles, algo reconocible a lo que temer, de lo que protegernos, contra lo que comprar seguridad, lo mismo alarmas de hogar que programas políticos neofascistas. Nuestro miedo es mayor, de fondo, total, diríamos que cósmico. Una sensación difusa pero muy presente de vulnerabilidad. Incertidumbre. Estar a merced de no sabemos qué será lo próximo que nos ocurra.

[…]

La paradoja es que somos, objetivamente, la sociedad más segura de la historia. Al menos en este lado del planeta, en los países más desarrollados, contamos con medios, recursos, tecnología, ciencia, estructuras sociales y políticas, para protegernos de las principales amenazas que han atemorizado a la humanidad desde hace milenios, tanto amenazas de la naturaleza como de salud o por la violencia de otros. Pero la sociedad más segura de la historia se volvió adicta al miedo, obsesionada con la seguridad, asustadiza, fácilmente atemorizable, a merced de los mercaderes del miedo, vendan lo que vendan.

Y como tenemos miedo sin saber bien a qué, necesitamos dirigir nuestro miedo, encontrar un objeto para nuestras ansiedades. Poner rostro a nuestra inseguridad esencial, señalar una amenaza visible, y por tanto combatible. Nos vale lo mismo un inmigrante invasor que un terrorista o un okupa. O un presidente del gobierno “okupa, ilegítimo y cuasi dictatorial”, que hay miedos para todos los gustos y presupuestos. Lo importante es que sea algo reconocible, y de lo que podamos más o menos protegernos a un precio asequible. Contratando una alarma de hogar. Votando a tal o cual partido. Cediendo derechos y libertades a cambio de protección. Abrazando formas de seguridad que son pan para hoy y hambre para mañana, seguridad para hoy y más miedo para mañana, pues las respuestas defensivas-agresivas acaban generando más inseguridad, y la respuesta violenta a una amenaza siempre genera más violencia, más miedo.

[…]

[Como explica Zygmunt Bauman]: “El Estado, habiendo fundado su razón de ser y su pretensión de obediencia ciudadana en la promesa de proteger a sus súbditos frente a las amenazas a la existencia (de dichos súbditos), pero incapaz de seguir cumpliendo su promesa (…), se ve obligado a desplazar el énfasis de la protección desde los peligros para la seguridad social hacia los peligros para la seguridad personal”.

Esa falta de elementos de seguridad colectiva, sean comunitarios o estatales, nos condena a buscar soluciones individuales para problemas sociales. Es decir, sálvese quien pueda. Quien pueda pagarlo, se entiende. Quien pueda pagar, no una alarma de hogar, sino otras formas de seguridad material y existencial que no están al alcance de la mayoría. Y para el miedo que tenemos, el que traemos de años y el que nos añaden y multiplican los muchos creadores y propagadores de miedos, no hay alarma que valga. No hay pegatina que disuada. No hay refugio donde meterse. No hay aumento de plantillas policiales ni de presupuestos de defensa que nos vayan a quitar ese miedo. Son otras seguridades las que necesitamos, las que tenemos que buscar y reconstruir.

Circula hace años una frase que ya no sabemos ni quién dijo primero, pero que todos hemos repetido alguna vez para señalar la dimensión social de tantos problemas que creemos individuales, especialmente cuando hablamos de salud mental: “tú lo que necesitas no es un psicólogo, sino un sindicato”. Algo similar podríamos decir al hablar del miedo: tú no necesitas una alarma de hogar, sino un sindicato, o cualquier otra forma de defensa colectiva y organizada de tus derechos. Tú no necesitas más policía, sino un Estado social fuerte.

Eh ahí la moraleja: si votas a partidos que proponen desmantelar el Estado (como propone Milei o Trump), estás quedando totalmente desamparado porque los problemas sociales dejarán de serlo para convertirse en problemas personales y las soluciones pasarán por el aislamiento y la desintegración del grupo social que configura un Estado «sano».


El motor político del miedo

BERNAT CASTANY PRADO, «Mi mapa de miedos políticos Pedro y el lobo» – Tinta libre diciembre 2024 (pág. 12-17)

https://www.infolibre.es/tintalibre/mapa-miedos-politicos-pedro-lobo_1_1915837.html

«Lo que está claro es que el miedo, […] es una de las fuentes más duraderas, provechosas y sucias de la historia.»

como mostró Isaac Rosa en El país del miedo, cada clase social suele verse torturada por unos miedos específicos. Porque no pueden temer las mismas cosas aquellos que viven apremiados por necesidades económicas inmediatas, y aquellos cuyo bienestar les permite torturarse con otro tipo de amenazas, más tardías o difusas, cuando no directamente neuróticas. Tal y como apuntaba el lema que los chalecos amarillos enarbolaron durante sus protestas, desde octubre de 2018: “Vuestro fin del mundo, nuestro fin de mes.” De ahí que la extrema derecha, y la derecha extremada (esto es, la derecha que opta por entrar en competición y alianza con la extrema derecha, haciéndole de este modo el favor de naturalizar sus ideas), desarrolle un doble discurso, que busca excitar, a la vez, los miedos supervivenciales de las clases más desfavorecidas, y los miedos ideológicos de las clases pudientes.

[…]

También existen miedos diferentes según los países o las regiones. Sin duda, no experimentan los mismos tipos de miedo los habitantes de países en los que existen tasas de pobreza y de criminalidad realmente elevadas, como Sudán o México (a los que podríamos añadir los habitantes del cuarto mundo, que podemos hallar en Detroit o París), que aquellos que viven en países como Austria, Suiza o Dinamarca. Los primeros lo único que desean es sobrevivir como individuos, para lo cual están dispuestos a apoyar o a someterse a gobiernos tiránicos, o a arriesgar sus vidas para huir del peligro. Que es exactamente lo mismo que haríamos todos. Los segundos viven con el miedo de ser invadidos por los primeros, frente a lo cual también están dispuestos a apoyar o a someterse a aquellos partidos políticos que les prometen una seguridad cuyo precio ellos mismos aumentan hasta el delirio exagerando o inventando las amenazas reales. […]

Y, según nuestra tendencia ideológica, podemos llegar a distinguir entre miedos de derechas (como aquellos que despierta en algunos el avance, real o imaginario, del comunismo o la extrema izquierda, el olvido de la tradición o la disolución de los lazos sociales tradicionales) y miedos de izquierdas (como los que provoca el avance, hoy en día bastante real, del fascismo o la extrema derecha, la reimposición de los viejos lazos sociales, el aumento de la desprotección o la precariedad). […]

[Entre los miedos de derechas] la teoría del gran reemplazo, de Renaud Camus, es vista como un lento desembarco de un ejército musulmán, que busca reconquistar Europa.

«Si realmente deseamos evitar que los mercaderes del miedo hagan su agosto con nosotros»

[Recordemos que] existe una suerte de ley política en virtud de la cual, ante la falta de respuesta, uno acepta cualquier respuesta.

[…]

[Nos estamos jugando demasiado para abandonarnos porque] Como decía Montaigne, el miedo es el padre de la crueldad.

Debemos ser conscientes de la sofisticada estrategia que tanto la derecha como la extrema derecha están poniendo en marcha (seguramente no ha sido proyectada así, pero lo cierto es que les ha salido redonda): miedo y dinero.

Un discurso del miedo dirigido a un sentimiento básico que todos poseemos y ante el que muchos no son capaces de reaccionar, sobre todo si es suficientemente intenso. Y unos medios de comunicación y unas redes sociales dominadas económicamente por ellos que utilizan los algoritmos para dar la dosis de miedo personal para cada uno. Porque, como ocurre en el mundo de Orwell de 1984 hay que buscar, para cada uno, aquello que le da miedo; no vale cualquier tortura, es necesario la personalización del miedo: en el caso del protagonista es aquella jaula que atan a su cara y en la que dentro dejan suelta a una rata hambrienta.

Unamos a esto unos partidos que repiten el eslogan de la reducción del Estado y la bajada de los impuestos, un mecanismo sobradamente conocido para favorecer a los más ricos (los más pobres quedan totalmente desatendidos sin posibilidad de acceder a la educación superior de calidad que es la que permite entrar en el famoso «ascensor social». En otras palabras, los más ricos se reservan así de la competencia y ganan para ellos los puestos de responsabilidad, los de dirección de la sociedad y de las empresas así como la dirección política. La bajada de impuestos supones, asimismo, un aumento de las desigualdades, la creación de una sociedad más injusta y, por tanto una sociedad inestable en la que la pobreza lleva a la delincuencia y la delincuencia a fomentar el miedo que vuelve a ser la gran baza de una política que ya no habla de razones sino de sentimientos.

Me da miedo que las cosas cambien

Ortega y Gasset llamó «ontofobia» al sentimiento que surge en aquellos para los cuales la aceptación de la vida y de sus rasgos es inasumible. Son personas incapaces de aceptar el carácter cambiante, imperfecto y mezclado de la realidad (que nos enseñó Heráclito).

Pero quien quiera un mundo que no se mueva, que no se renueve, que no se mezcle y que no manche no tiene más que matarse, porque ese mundo es la nada. A los ontofóbicos les pasa como a los teólogos medievales, que la visión asqueada y aterrorizada del mundo material del nacimiento y la corrupción, les lleva a rechazar, e incluso a destruir, la vida. Pero, si en lugar de fijarnos en la corrupción y en lugar de intentar frenarla con nuestras murallas en el aire, nos fijásemos en el nacimiento quizás nuestra vivencia del proceso cambiaría un poco.

[…]


Se trata de ser capaces de seguirle el ritmo a la historia y en lugar de encerrarnos en la melancolía autodestructiva del que desea que los relojes se detengan, como sucede en las elegías, prefiere abrirse a ese valiente mundo nuevo que ha llegado para quedarse. Para lo cual quizás podemos sustituir las pasiones tristes del miedo, la melancolía y el odio, por las pasiones alegres de la curiosidad (“¿cómo demonios será el mundo que viene?”)

[…]


Quizás alguien con el estómago delicado, demasiado acostumbrado a la droga dura del privilegio o al dulce veneno del esencialismo, pueda sentir ante este tipo de visiones la bajona de la melancolía o el síndrome de abstinencia de la rabia. No sería la primera vez que una persona en proceso de desintoxicación ataca a los enfermeros, confundiéndolos con cucarachas o ratas gigantes, como en el cuento Los destiladores de naranjas, de Horacio Quiroga. Pero mejor una realidad modesta que una fantasía fastuosa o faustosa. Porque no se trata de vender al demonio de nuestros sueños el alma de nuestro ser real.
La muerte es la metralla de la vida, y quien no esté dispuesto a aceptarlo, debería llamar hoy mismo a Melancohólicos Anónimos.

[…]


De modo que, además de lidiar con los factores objetivos que intensifican y desarreglan el miedo, debemos esforzarnos por cambiar nuestra subjetividad con el objetivo de hacernos capaces de vivir poderosamente en un mundo peligroso, o de vivir peligrosamente en un mundo poderoso. No importa. Necesitamos el dato y el relato. Como reza una de las bóvedas de la Abadía de San Juan Evangelista en Parma: Feras si domes feras. Si domas las fieras, las soportarás. Nadie dijo que sería fácil. Basta con que sea estimulante.


¿Puede considerarse a Donald Trump un ejemplo de fascismo?

https://www.infolibre.es/mediapart/donald-trump-fascista_1_1890640.html

No exactamente, si nos fijamos en la definición clásica que arranca en el periodo de entreguerras, pues existen importantes diferencias entre lo que él propone y el fascismo original; de hecho, hay quienes proponen el uso del término neofascismo para referirse a este nuevo «pastiche» de la extrema derecha en el que se mezclan características del fascismo originario con otras propias del neoliberalismo más salvaje.

Según Nicolas Lebourg, la diferencia específica del fascismo podría recogerse en la siguiente definición: “Un partido-milicia que quiere construir un hombre nuevo mediante un Estado totalitario en el interior y una guerra imperialista en el exterior”.

Fabien Escalona en Mediapart «¿Donald Trump es un fascista?»

Así pues, aunque existe una hipermilitarización de la sociedad americana: nunca, en la historia reciente de EE.UU., ha habido una proporción tan grande de personas entrenadas con armas y dispuestas a utilizarlas (recordemos el asalto al Capitolio de enero de 2020), no podemos ver ese fascismo originario uniformador de la población basado en «valores heroicos o de sacrificio» y expansivo en lo internacional porque lo que Trump propone es un nacionalismo aislacionista en el que las importaciones sean gravadas con altas cargas para salvaguardar el trabajo y la producción nacional.

Son dos los hechos fundamentales que han inclinado, a ciertos autores, a tildar de fascista la actitud de Trump:

  1. La toma violenta del Congreso, promovida por él, para evitar la alternancia política como consecuencia de los resultados de las elecciones de 2020. De hecho, él rompió la tradición según la cual el nuevo presidente es recibido por el saliente para organizar una transición ordenada.
  2. La publicación, el año pasado, del «Proyecto 2025”. Un ideario de cientos de páginas editado por la Heritage Foundation (un think tank próximo al Partido Republicano) en el que se sueña con la puesta en marcha de manera imperiosa de una «contrarrevolución” para salvar a los Estados Unidos de sus enemigos, a los que identifica como todos aquellos opuestos a «la dominación blanca, cristiana y patriarcal». En este mismo informe se describe cómo dichos enemigos han ido colonizando de manera metódica todo el aparato del estado; de ahí la propuesta de Trump de contar con Elon Musk para una depuración completa de la administración, con el pretexto de hacerla más eficiente y más barata (es decir, reduciendo su poder y su tamaño). No olvidemos que Trump propuso, en campaña, eliminar aquellas agencias estatales que podían controlar su acción de gobierno. No podemos dudar, entonces que las intenciones del nuevo presidente de EE.UU. no son, precisamente, acordes con los principios de un estado de derecho en el que la separación de poderes permite la creación de unos imprescindibles mecanismo de control.
  • Está claro que Donald Trump es un peligro para la democracia que desprecia. Así se explica que nunca haya reconocido haber perdido las elecciones de 2020 frente a Joe Biden. De hecho, dice ahora abiertamente que no está dispuesto a reconocer otro resultado de las urnas que no sea el que le designe a él como vencedor. Llegando, incluso, a tener preparado todo un despliegue para denunciar las elecciones si no se da este resultado.
  • En uno de sus mítines en el que buscaba fortalecer el apoyo de los cristianos evangélicos dijo aquello de votadme a mí y será la última vez que tengáis que votar. Y bien que ha recibido su apoyo, por su decisión de eliminar el aborto en todos los casos, incluso en los más graves.
  • Asimismo, hablando con la comunidad judía les dijo: o soy presidente o dentro de muy poco no existirá el estado de Israel.
  • Yo acabaré en poco tiempo con la guerra de Ucrania. Aterrador: parece decir aquello de: «Dejadme a mí, que esto lo arreglo yo en dos minutos». Esto y cualquier otra cosa.
  • Se ve apoyado por los ultrarricos. La noche de las elecciones la ha pasado junto a Elon Musk. A todos ellos les ha prometido leyes antirregulación para sus negocios y también para las criptomonedas.
  • «el trumpismo es una especie de híbrido entre una lógica fascista y una cultura neoliberal de empresario fascinada por la celebridad y conchabada con una base evangélica ultrapuritana.» De hecho, sus mítines recuerdan a «los mítines fascistas [que] suelen adoptar la forma de exhibiciones de fuerza, masculinidad tóxica y crueldad cínica, con oponentes escarnecidos y dejados a merced de la multitud». (Jason Blakely)
  • Es, asimismo, un desprecio hacia las personas empáticas, deseosas de corregir las injusticias, legalistas, amigos de la igualdad, incapaces de tomar las armas para defenderse por sí mismos,… a los que consideran seres débiles y, por lo tanto, despreciables.

Como nos lo describe Juanlu Sánchez en su correo diario «Al día»:

Estados Unidos lanza un mensaje claro, por si nos queríamos hacer los tontos: no, no nos equivocamos eligiendo a Trump la primera vez. Os confirmamos que queremos a este delincuente condenado, mentiroso compulsivo, pollo sin cabeza de la política que desprecia el orden institucional. Queremos a un macho que frene todas esas ideas feministas, diversas, complejas, intelectuales, que están pervirtiendo nuestra nación y nos hacen sentir incómodos. Queremos a un empresario autoritario y absurdo, pero al que se le entiende cuando habla de trabajo y de fronteras. No nos importan sus insultos; es más, nos encanta que insulte. No nos importa que amague con golpes de Estado, es más, nos encanta ver cómo os saca de vuestras casillas. ¿Palestina? ¿Rusia? ¿Las relaciones con Europa? Que si quiere bolsa.

juanlu sánchez (el diario.es) «al día» 7/11/2024

El origen del éxito de esta nueva forma de política (peligrosa para la pervivencia de la democracia) tiene que ver con la desaparición progresiva de las clases medias. Se ha olvidado la recomendación de Aristóteles, según la cual, una sociedad se vuelve tremendamente inestable cuando las desigualdades son tales que concurre una minoría extremadamente rica y una mayoría extremadamente pobre. Como ocurrió con el fascismo originario, es esta clase resentida con su situación la que aúpa a una serie de iluminados de esos que dicen aquello de «¡déjame a mí, que esto lo arreglo yo!» sin, en ningún momento, explicar cómo lo va a hacer. Luego, cuando lo hacen, se ve que no es una buena idea, pero ya es demasiado tarde porque se han vuelto tan fuertes que es imposible acabar con ellos.

“el movimiento MAGA ha evolucionado de un movimiento populista de derechas a un movimiento fascista. Quiere derribar los legados del siglo XX, aboga por un nuevo apartheid, es anti-científico, se apoya en una masa de clases medias blancas desheredadas pero también en sectores del capital, y cuenta con grupos armados dispuestos al terror.”

Bill Fletcher

El fascismo es un ejemplo de antiintelectualismo

El fascismo fue antes una guerra cultural que política o militar:

“El fascismo, antes de convertirse en fuerza política, fue un fenómeno
cultural”, que “no hubiera sido posible sin la rebelión contra la Ilustración y la Revolución francesa que barrió Europa a fines del siglo XIX y principios del XX” [Zeev Sternhell, «El nacimiento de la ideología fascista»]. El fascismo se coció antes en la olla del Caso Dreyfus que en las trincheras de la Gran Guerra; fueron libelos antisemitas y antimasónicos antes que escuadrones de camisas negras; fue una guerra cultural antes que una política o militar.
[…]
[Es «El asalto a la razón» como tituló a su libro Georg Lukács]
Nosotros asistimos hoy a otra guerra cultural, a otro asalto a la razón, a otra proliferación de textos y discursos críticos con la Revolución francesa e incluso a la publicación, en España, de insólitas defensas del buen nombre de Fernando VII: Luis del Pino es el autor de un libro
de reciente publicación titulado Yo, el difamado: Fernando VII. Autobiografía apócrifa de un buen rey.

pablo batalla cueto, «¿Es fascismo la moderna ultraderecha? – revista público – marzo 2025, pág. 12

Como afirma Santiago Gerchunoff [citado por Pablo Batalla, ibid] «La historia no se repite, por más que pueda rimar» en rima asonante o consonante, de ahí que pueda tener poca utilidad llamar fascismo a algo distinto y menos como aviso alarmado a unas generaciones jóvenes que no saben lo que fue ni lo que supuso el difícil camino hacia la democracia y el estado de derecho.

La ultraderecha actual puede ser fascismo y que no sirva de nada
nombrarla de esta manera. La tragedia de los años treinta ya queda muy lejos y las alertas antifascistas funcionan mal en un momento en que —como escribe el politólogo Ángel de la Cruz en un artículo sobre la expansión de las ideas de derecha entre los jóvenes publicado en El Cuaderno— “la idea de democracia no evoca en el imaginario colectivo juvenil grandes epopeyas, ni tampoco el horror de las dictaduras nazifascistas. La democracia forma parte de nosotros, ya estaba ahí cuando nacimos, como un hermano mayor. Si además hoy no es sinónimo de prosperidad, el contraste con la amenaza reaccionaria pierde fuerza”

Ibid., pág. 13

Incapaces de actuar. Incapaces de transformar el mundo

Hoy están bombardeando Líbano. Ayer estaban masacrando Gaza. Anteayer seguían activas multitud de guerras enquistadas. Por cierto, hoy siguen buscando los cadáveres de las sesenta personas (no números; personas con nombres y apellidos) que ayer se ahogaron llegando a la isla de El Hierro, porque todos se pusieron en la misma borda cuando vieron llegar al barco de «Salvamento marítimo».

Hemos perdido la capacidad para actuar, para escandalizarnos y para reaccionar. Ya no sabemos cómo hacerlo. Todo nos viene demasiado grande. Nos han convencido de que lo que hagamos no sirve para nada, y nos hemos refugiado en el individualismo, o lo que es lo mismo, en la soledad.

Los partidos de izquierda y los movimientos sociales era los principales motores de transformación, de cambio pero tampoco ellos han sabido canalizar la acción humana: la acción política.

Aunque en la sociedad existan colectivos, centros sociales, movimientos vecinales, cooperativas o grupos más o menos organizados, lo cierto es que estos no tienen representación política. Parece que no hay proyecto ni necesidad de él, en cambio aparece

una demanda confusa, que no tiene claro qué pide y contra quién se dirige, que toma los camino más diversos, empezando por una furiosa retirada a la esfera privada. […] [Asistiendo así a] un profundo proceso de pasivización y despolitización, que en el mejor de los casos produce queja, recriminación por todo, fenómenos reactivos, porque es incapaz de generar una representación estable de un deseo de cambio. […] [La política pierde así su dimensión colectiva y convierte al grupo social en un conjunto de] Individuos cada uno en posesión de un pequeño trozo de verdad, deambulando como sonámbulos, complaciendo prezosamente los impulsos que les guían y rechazando cualquier compromiso serio.
[Por eso nace, o se recupera (según lo veamos) un sentido antidemocrático en auge, ligado a los partidos de extrema derecha, y basado en un sentido autoritario del poder como salvación. Un poder que reclama un líder autoritario (Meloni, Trump, Milei, Orban,…) que marque las directrices. Es, en el fondo, un] intento de aprovechar la oportunidad de desarticular definitivamente la posibilidad de que los oprimidos se organicen, y también de construir simbólicamente un nuevo comienzo.

Salvatore Prinzi, Tinta Libre – Elogio de la heterodoxia – «La izquierda española en el espejo de la italiana»

¡Ah no, espera, que tenemos las redes «sociales»!

«Vivimos obsesionados por compartirlo todo: ideas e imágenes, selfies y memes, proyectos sesudos y frivolidades, direcciones y destinos turísticos, la manicura y el bostezo, bacanales y recogimientos, guerras y abusos, denuncias políticas y proclamas contra gobiernos, odios, likes, millones de likes…»

Iván de la Nuez, Tinta Libre – Elogio de la heterodoxia – «El arte de copiar», pág. 30

Es paradójico que vivamos en la época con los medios y herramientas de comunicación más potentes de la historia y, sin embargo, con la mayor cantidad de personas solas que la humanidad jamás haya conocido.


La nueva estrategia política que triunfa

https://www.infolibre.es/mediapart/trump-opcion-estrategas-caos-ira_1_1753844.html

¿Cómo transformar la ira y el descontento en votos?

  • La ira de los votantes hay que explotarla.
  • La ira es contagiosa, es viral.
  • Asistimos a la cultura del chivo expiatorio.
  • De la ira nace el deseo del caos: la impotencia convertida en cólera lleva al deseo de acabar con todo.
  • Para solucionar el caos resulta muy fácil proponer la figura de un nuevo César que no dudará en potenciar el miedo como arma política. Pensemos en Berlusconi y en su continuación: Donald Trump. Ambos representan al hombre triunfador, rico (lo que demuestra su éxito) que no se acerca a la política para enriquecerse (no lo necesita), lo que le da cierta tranquilidad (a la vez que envidia) a sus votantes. Personajes con carisma, inmorales, infieles e incluso condenados penalmente. Curiosamente, ambos se encuentran volcados en la política para escapar de los casos judiciales muy graves que hay contra ellos.
  • Sus valores son: el autoritarismo, el nacionalismo (con el consiguiente rechazo hacia los extranjeros), el rechazo a los valores democráticos, la deshumanización del adversario, el masculinismo,… (todos ellos muy próximos al fascismo).
  • Denuncian el colapso de nuestra civilización, algo que ellos se proponen evitar. De ahí que el problema, aunque sea nacional, sea, para ellos, mucho más amplio y preocupante.
  • En el fondo, todo está causado por una profunda crisis del sistema. La pérdida de nivel económico de una mayoría que se considera nativa y que se atribuye la propiedad del país. Este empobrecimiento es el que lo desencadena todo: dificultades para acceder a la vivienda, a la sanidad, a la educación, al trabajo, al nivel de vida que consideran les corresponde (de hecho, ven cómo este es peor que el de sus padres y eso es suficiente para descargar su rabia). Esta pérdida económica se identifica con una pérdida cultural provocada por la entrada de nuevas costumbres traídas por grupos sociales extranjeros (a los que vinculan con la criminalidad y a los que califican de indeseables). De ahí ese hooliganismo político que reivindica la identidad cultural y política del país.
  • Nacionalismo. Nacionalismo-populista.
  • Como decía Gabriel Rufián (ERC): si no tienes trabajo, ¡España!; si no puedes pagarte una casa, ¡España!; si no puedes llegar a fin de mes, ¡España!; si las cosas no te van bien, ¡España!. Esa es la única receta y el único discurso político que ofrece la ultraderecha española.
  • Es fomentar la desconfianza hacia el sistema político del estado social y democrático de derecho, al que se le considera corrupto. Los gobiernos existentes se califican de ilegítimos: ocurre en España; en el caso de EE.UU. los seguidores de Trump siguen repitiendo, sin pruebas, que las elecciones no las ganó Biden. ¿Por qué no acabar con un sistema así? – La respuesta es la puesta en marcha de una Guerra civil fría. Decía Aznar: el que pueda hacer, que haga. Seas ciudadano de a pié, político, juez o militar.
  • La rabia no quiere a candidatos preparados, moderados o intelectuales, quiere caos y motosierra (como en la Argentina de Milei).
  • En otras palabras: reflejos defensivos en tiempos de crisis; pero extremadamente preocupantes.

¿No hay propuestas políticas constructivas que puedan competir con esta política antidemocrática del caos?


Medios digitales tóxicos nacidos como setas

En los últimos tiempos han comenzado a surgir medios que se presentan a sí mismos como «medios de comunicación» con una serie de características compartidas:

  • Nacen de la escisión de medios clásicos de derechas.
  • Promueven la difusión de bulos y mentiras; informaciones tergiversadas o directamente inventadas.
  • Se financian de manera opaca.
  • Suelen depender de gobiernos autonómicos o municipales que los inundan con regalías de dinero público que después devuelven siendo fieles comunicadores de sus bulos y de sus argumentarios.
  • Desprecian las reglas básicas del periodismo. De hecho, no se caracterizan por su profesionalidad periodística cuando trasladan «informaciones» sin molestarse siquiera en contrastarlas.
  • Carecen de infraestructura nacional o internacional. De hecho, se centran en ser altavoces de los intereses que los mantienen.
  • Están centrados en provocar y amplificar la bronca política nacional.
  • Y, sobre todo, mienten descaradamente sobre su importancia social al falsear sin rubor su audiencia.

El fraude flagrante de algunos digitales

https://www.infolibre.es/tintalibre/fraude-flagrante-digitales_1_1754973.html

Su impacto en la sociedad no es gigantesco pero su toxicidad es real y cotidiana.

[…]

Destacan los más asentados, como El Español, del antiguo director de El Mundo Pedro J. Ramírez, y OKdiario, del tertuliano y también ex de El Mundo Eduardo Inda. Pero hay muchos más, desde el The Objective de Álvaro Nieto (el redactor jefe más breve de la historia de El País) hasta El Debate (órgano de la Asociación Católica de Propagandistas que dirige Bieito Rubido, ex director de ABC), pasando por el VozPópuli de Jesús Cacho hasta llegar a panfletos (en el peor sentido de la palabra) como Libertad Digital o EDATV, los dos controlados por antiguos periodistas de El Mundo convertidos en activistas de ultraderecha. Todos compiten en nichos de mercado muy cercanos, a la derecha de diarios tradicionales como El Mundo o ABC.

¿Cuál es el impacto real de estos digitales? ¿Debemos encender las luces de alerta ante la propagación casi diaria de bulos y de informaciones tendenciosas y tergiversadas cuando no totalmente inventadas? ¿O son herramientas políticas sin impacto potente porque sus audiencias son raquíticas fuera de círculos, principalmente madrileños, de extrema derecha? ¿Cuánto pesan? ¿Son reales las audiencias que declaran?

idafe martín, tinta libre (infolibre), abril 2024, pág. 20

Cuesta creer que las audiencias que proclaman, con millones de «usuarios únicos» sean ciertas cuando se conoce que en sitios web como «Best Web Traffic» se pueden comprar 200.000 visitantes de la web que se les indique por algo más de mil dólares. Y por menos de 10.000 € se pueden comprar dos millones de «usuarios únicos» para cualquier web.

De hecho, nos venden que El Español (con 16,8 millones) supera en «usuarios únicos» a El País o la Vanguardia y que OKdiario (13,5 millones) tiene casi los mismos que ABC (13.1 millones). Algo que, como mínimo sorprende. Sobre todo si pensamos que los niveles de audiencia declarados por diarios gigantes como Le Monde o The Guardian está en los 22 millones de «usuarios únicos».

Por ello, se ha optado por comprobar estos datos mediante distintos sistemas alternativos de cotejamiento.

Uno consiste en medir el número de seguidores de estos medios en las principales redes sociales (X, Facebook, Instagram, Youtube, Linkedin y Tiktok), y aquí sí que parece que se establecen diferencias más reales: «El País tiene 20,5 millones, El Mundo 11,8, El Español 2,3, OKdiario 1,8, Libertad Digital 1,2, The Objective 0,45, EDATV 0,4, El Debate 0,35, La Gaceta 0,34 y Vozpópuli 0,33.» (Ibid, pág. 20)

Si El País tiene casi 8,8 millones de seguidores en la red social y presumía hace un año de 17,3 millones de “usuarios únicos”, ¿es creíble que El Debate, que lleva meses peleando para llegar a 55.000 seguidores en X, ¿alegue tener más de 12 millones de “usuarios únicos”? Si The Objective ronda los 157.000 seguidores en X, ¿tiene realmente 10 millones de “usuarios únicos”?

[…] [Otro indicador lo encontramos en YouTube]

Hace casi tres meses Álvaro Nieto, director de The Objective, subió un video de casi dos minutos en el que analizaba la foto de los enviados del PSOE a Bruselas para reunirse con el expresidente catalán Carles Puigdemont. Un tema que polariza, que genera audiencias y que su diario cubrió ampliamente. La cuenta en X de su digital lo posteó. Ese video no llegaba al cierre de esta pieza a las 550 visualizaciones. El último video de Pepa Bueno, directora de El País, analizando el resultado electoral del 23J, suma más de 153.000 visualizaciones. Pepa Bueno supera los 450.000 seguidores en X mientras Álvaro Nieto no llega a 20.000. Nieto es más activo que Bueno en la red. Él tuiteó su video. Ella no.

ibid, pág. 21

Otro recurso para comprobar la validez de los datos de audiencia que publican es la revisión de las encuestas realizas por el CIS que pregunta por el medio al que los entrevistados acuden para informarse: «una cuarta parte de los encuestados respondió El País mientras que algunos de esos medios no aparecieron ni entre el 0,1% de los encuestados» (Ibid, pág. 20). El Español, que si creyéramos los datos de Pedro J. Ramírez sería el diario en español más leído del planeta (superando a El País, al argentino Clarín con 700.000 suscriptores o al mejicano Reforma), sólo era elegido en la encuesta del CIS por el 1,2% de los encuestados.

Un tercer camino para comprobar la validez de las supuestas audiencias y del impacto de un medio consiste en medir la publicidad privada que reciben (lógicamente la institucional puede tener una intencionalidad política que la hace inútil para este objetivo). «Salvo excepciones por motivos espúreos, ninguna empresa privada pagaría publicidad en un medio si supiera que su anuncio llegaría a muy poca gente. Medios como los referidos The Objective o El Debate apenas tienen publicidad. Dando por sentado que no reniegan de publicar anuncios porque algunos sí consiguen, y teniendo en cuenta que cualquiera preferiría vender baratos sus espacios publicitarios que no venderlos, la única explicación a que no tengan más publicidad es que no consiguen captarla por mucho que tiren las tarifas. O las empresas saben que sus audiencias reales son mucho menores de las que anuncian o no quieren verse relacionadas con medios cargados de bulos y defensa de postulados muy conservadores o directamente de extrema derecha«. (Ibid, pág. 21)

En suma,

su interés por todo lo que no sea la bronca política nacional es escaso o nulo, sus secciones de Internacional o no existen o son un largo surtido de cables de agencias y de todos esos medios sólo El Debate tiene corresponsalía en Bruselas. Raro es el día en que no se les desmiente alguna información. Si bien es cierto que algunos de sus redactores y directivos pasan por tertulias de radio y televisión y eso les da visibilidad, es una anomalía que esas personas tengan más seguidores en X que sus medios, periódicos cuyo impacto real en la conversación política, social, cultural y económica es residual. Mucho ruido y pocas nueces.

ibid, pág. 21

La nueva ley de medios aprobada por el Parlamento europeo va a obligar a los «medios de comunicación» a que hagan público quién los financia y qué publicidad institucional y pública reciben. En este sentido, España se sitúan en le vagón de cola de este tipo de transparencia, algo que deberá cambiar cuando se trasponga a la ley nacional la aprobada por Europa.

Una posible solución al problema planteado consiste en el establecimiento de un sello de calidad, como sucede en Noruega, que otorga una Comisión independiente que vela por que los medios certificados cumplan con una serie de estándares vinculados con la responsabilidad, la veracidad de la información y con el compromiso de hacer pública la rectificación cuando se detecte un error en los datos ofrecidos. El trabajo de esa Comisión es tramitar las quejas recibidas y hacer públicas las denuncia de aquellos medios que incumplen su compromiso, algo que les puede llevar a perder su «sello de calidad».

Estrategia de periodismo mal entendido

Una nueva estrategia, presente en los medios, de eso que cualquier alumno de periodismo estudió como «mal periodismo», consiste en balancear intencionadamente las opiniones haciéndonos creer que se nos ofrece una información profesional, equilibrada e imparcial. Así lo explica Vergara:


O dicho con otras palabras…

La extrema derecha y su discurso «contra»

Con la extrema derecha asistimos a un discurso político que no necesita hacer propuestas ni articular un programa político al uso, por cuanto todo su comportamiento es «reactivo«, con un discurso que no es propositivo sino «contra«:

  • La inmigración.
  • Las élites.
  • Los políticos.
  • Los periodistas.
  • Los intelectuales,…

Es decir, un populismo de manual. En el que se busca:

  • El control de los medios de comunicación de masas y de las redes sociales para hacer llegar a todas partes unos mensajes sencillos (sin la elaboración necesaria que exigiría el empleo de datos, evidencias o razones) y contundentes (como eslóganes que alcanzan fácilmente a su público objetivo, y que éste puede aprender y repetir como un «mantra») -ya se sabe que las respuestas elaboradas y fundamentadas son cosas de esos «intelectuales» a los que tanto desprecian.
  • El empleo de mentiras y de falsos relatos. Es algo que encaja perfectamente con este discurso en el que lo importante no es la realidad sino lo que cada uno crea. Pues son las creencias lo fundamental y no el conocimiento. De ahí la importancia y el valor que dan a ciertos individuos en quienes confían absolutamente, con una confianza casi mística e inquebrantable. Para los partidarios de estos grupos la verdad está oculta, y lo está por el carácter malintencionado de las élites que se dedican a engañar con su verborrea sofisticada, intelectual y científica, sólo al alcance de unos pocos. Aquí, en cambio, se está con el pueblo y se le ofrece la posibilidad de conocer lo que se les ha ocultado. Y lo hacen a través de sus gurús: los únicos honestos, los que desvelan, los reveladores de lo que otros no quieren que sepas. De ahí su gusto por la «conspiranoia» porque, para ellos, las élites manejan la realidad y el discurso según patrones e intereses ocultos. Unas élites formadas por grandes fortunas, líderes tecnológicos que desean dominar el mundo a través del control de la mente de los individuos, con el apoyo de intelectuales, científicos y periodistas vendidos a sus oscuros intereses.
  • Sus maneras no son refinadas. Sus políticos no son refinados, son bruscos porque tienen las maneras del pueblo al que representan: ellos simplemente hacen lo que las personas a las que se dirigen harían si dejaran salir toda esa frustración que no saben explicar ni solucionar. Está claro que su conducta -piensan- se traduciría en exabruptos como los que estos «nuevos políticos» les ofrecen. Ellos, con sus maneras descorteses, con sus salidas de tono, sus bravuconadas e insultos, sus bromas de mal gusto, sus comentarios machistas, sus «motosierras»,… muestran el desprecio que comparten hacia las élites amaneradas por una cortesía educada que les pone en desventaja frente a estos «faltones» que tanta gracia les hacen a sus fanáticos seguidores. Sin embargo, sus opositores no deben enfadarse porque hábilmente todo esto lo enmascaran como si fuera un juego banal en el que todo está permitido. Pero realmente no es un juego, ni es banal lo que plantean.
  • El escándalo es la estrategia. Crear escándalos y provocaciones consigue lo que buscan: atraer la atención de la ciudadanía, y lo consiguen porque consiguen la atracción de los medios. Con los escándalos los medios consiguen la audiencia que necesitan y buscan para sobrevivir. La actitud de los medios, en este sentido, es muy importante por cuanto está demostrado que si se les dan foco, titulares y portadas, a sus escándalos los resultados de la ultraderecha en las urnas mejorarán. Si se les relega a segundo plano y sus polémicas no se convierten en el centro de atención, el efecto electoral es mucho menos favorable. Así se demostró en Bélgica con dos partidos de ultraderecha a los que se dio un trato diferente: los medios de la parte flamenca aceptaron el protagonismo que busca la ultraderecha y ésta ganó las elecciones; no sucedió lo mismo con la parte francesa, cuyos medios relativizaron el discurso de su propio partido ultraderechista cuyos resultados fueron menores.
  • Son algo nuevo y suponen una ruptura con lo anterior, de manera que los jóvenes pueden verlos como la respuesta a su rebeldía. Como la expresión de una política rebelde y trasgresora contra lo establecido. Algo nuevo y moderno, que, curiosamente, no tienen nada de nuevo ni de moderno.
  • Pero siempre su actitud es reactiva. Lo es siempre contra algo de lo que deben defenderse: de «los de arriba”, de las élites; de «los que vienen de fuera”, migrantes, musulmanes, refugiados, lo que sea; y de “los de abajo”, que abusan de los recursos del sistema de bienestar: los vagos que piden en las calles, o los parados que viven -sin dar golpe- con las «paguitas» del Estado; o las mujeres «empoderadas» que no aceptan su lugar en la sociedad como esposas y madres. Y en este contexto los nativos, los «verdaderos españoles» o los «verdaderos franceses», o los «verdaderos» de dónde sean, deben protegerse y contraatacar. Está claro que para estas formaciones el concepto de «ciudadanía», central en la formación del «Estado moderno» tras las revoluciones burguesas que acabaron con el servilismo del «Antiguo Régimen», ha perdido su sentido; un riesgo que no podemos olvidar ni minimizar.

Es muy frecuente que los sectores conservadores hagan posible que la extrema derecha gane votos, porque toman su agenda y piensan que con eso pueden conseguir votos, pero los votos van para la extrema derecha, y de esa forma facilitan que gane poder. […]

Ahora, en esta nueva cara de la extrema derecha, en las redes sociales mienten como si fuera normal, dicen cosas erróneas y no importa. El sexismo, la homofobia, el racismo, la misoginia, todo es posible. Y el discurso se ha vuelto más brutal, más explícito, se han transgredido muchos tabúes y ya no hay que usar un lenguaje codificado para discriminar. […]

Tienen un cierto imaginario de cómo deberían ser los países: en primer lugar, neoliberales, libertarios. En segundo lugar, blancos. En tercer lugar, con familias tradicionales con muchos hijos. En cuarto lugar, cristianos. Y en quinto lugar, consideran que las democracias plurales deben cambiar. Tenemos entonces el concepto de “democracias iliberales” para calificar el régimen de Viktor Orbán en Hungría, lo cual es contradictorio en sí mismo. Significa no más libertad de prensa, no más poderes legislativos y judiciales independientes, no más enseñanza y ciencia independiente, no más periodistas independientes, y así sucesivamente. De cierta forma, están en contra de los derechos humanos y de las elecciones democráticas. Y lentamente, cuando son elegidos, empiezan de alguna forma a cambiar el sistema electoral para hacer que sea casi imposible para la oposición ganar las elecciones. No permiten la pluralidad de medios, como sucede con Recep Tayyip Erdogan en Turquía, los partidos de oposición casi no tienen voz y no hay información en los medios sobre ellos. Por lo tanto, cuando son electos, hay un riesgo muy grande de autoritarismo, de restricción de las libertades y los derechos humanos.

Ruth Wodak, académica. Entrevista reproducida en eldiario.es

El caldo de cultivo está formado por gente enfadada que busca soluciones fáciles entre unas enormes desigualdades que siguen creciendo sin control. Es gente que cree que no se les escucha y que ha perdido la confianza en la política, y en las élites que ven como muy lejanas.

[El mensaje que el líder carismático ofrece es simple:] “Soy uno de ustedes y hablo en un lenguaje que tú puedes entender, y no necesitamos todos estos expertos y académicos”. Y también: “Yo digo lo que tú no te atreves a decir. Odiamos a los musulmanes, tú no lo dices, pero yo puedo decirlo, por lo tanto soy valiente”. Y todos están contra mí, entonces soy una víctima de quién sabe quién, los chinos, los judíos, [George] Soros. Y esto aparece como auténtico.

[…] Y por otro lado, le dicen a la gente: “No tienen que avergonzarse, ustedes son víctimas de estas mujeres profesionales, o son víctimas de estas minorías, pero yo les daré de nuevo la posición que tenían en la sociedad, los haré fuertes de nuevo”. Y estas estrategias les resultan muy útiles.

ibid

¿Es posible la reacción de la izquierda?

¿De dónde vienen estos «lodos»?

Es difícil saber cuándo empezó a formarse la ola que ahora moja nuestros pies y ha llenado de fango la cocina. El viento y las corrientes la moldean en alta mar y ella, testaruda e incierta, se abre paso ya por gran parte de Europa.

jairo vargas – revista público – «la izquierda ante una nueva época», pág. 3

Polonia, Hungría, Italia y Finlandia ya cuentan con la extrema derecha en sus gobiernos con el apoyo de otras fuerzas política o en solitario. En Francia, Grecia, Portugal o España su avance es más que notable. ¿Dónde están las cocinas de «alta mar»? Esos lugares en los que se perfilan estrategias y técnicas cada vez más depuradas, sofisticadas y precisas ¿Cómo no nos hemos dado cuenta de algo que ahora parece imparable? Una pérdida de los social y de lo común frente a un individualismo sin sentido. Un retroceso en el reconocimiento del Estado de derecho y de la diversidad y tolerancia como elementos básicos de cualquier estado moderno.

“El miedo que genera la derecha radical no es tanto el de perder unas elecciones en democracia, sino el de perder la democracia en unas elecciones”

jorge tamames, ibid, pág, 36

“Los problemas políticos y económicos actuales resultan cada vez más incomprensibles para el ciudadano medio: globalización, desindustrialización, crisis climática, migratoria y energética que amenazan modos de vida”. […]

Ante estos problemas, resume, la única propuesta de la ultraderecha es negarlos, y para millones de votantes parece la solución más cómoda. Solo hay que oponerse a todo, destruir consensos, incluso los científicos. Ridiculizarlos bajo la etiqueta de “progre”. Fabricar un enemigo, o varios, siempre lejanos, siempre de otra pasta. Edulcorar un supuesto pasado mejor, regresar a valores culturales tradicionales y poner la nación por encima de sus propios habitantes. Ha sido la receta de la extrema derecha, desde Donald Trump en EEUU a Jair Bolsonaro en Brasil, pasando por el triunfo del brexit en Reino Unido.

nere basabe, ibid. pág. 3-4

La izquierda, que simplifica menos y trata de analizar las fuerzas en concurso, no es capaz de proporcionar un enemigo tangible. La derecha acusa a los inmigrantes, a las feministas y al lobby homosexual. Eso es fácil de entender. Frente al desconcierto semántico, insiste en llamar “las cosas por su nombre”: hombre es hombre, mujer es mujer, España es España. Frente a esas respuestas sencillas y ancestrales todo es ideología: ideología de género, ideología de los derechos humanos”, apunta Alba Rico.

alba rico, ibid. pág. 4

La ola reaccionaria avanza sin que haya razones objetivas. La economía crece tras una dura pandemia, el desempleo marca mínimos históricos, la inflación está entre las más bajas de Europa, igual que el precio de la energía. Frente a los recortes sociales de la anterior crisis, de la que bebió el primer auge ultra en Europa, la respuesta a esta ha sido más gasto público. “El problema es que la derecha y la ultraderecha están siendo capaces de imponer sus marcos. Si hay un problema de acceso a la vivienda, ellos hablan de okupas; si faltan servicios públicos, ellos culpan a los migrantes. No quieren hablar de política o de economía, se centran más en la emoción que en la gestión. Es un rasgo propio del populismo”.

nere basabe, ibid. pág. 5

El punto de inflexión se produce en España con la irrupción de Podemos y de su fuerza, capaz de entrar en un gobierno, aunque después lo fuera de coalición y con menos fuerza de la prevista al principio. Aquí nació una confabulación de los poderes del Estado que vieron peligrar sus privilegios, poniendo en marcha a los medios de comunicación y a las «cloacas del Estado» para acabar con ellos, creando una polarización política y social que atraviesa España, y el consiguiente debilitamiento de una izquierda cada vez menos movilizada.

Pero las olas siempre son efímeras. Tarde o temprano se acaban retirando. Quizás el riesgo de esta mar picada no es tanto la fuerza o la altura del manto de agua revuelta. Lo preocupante es el sedimento, el poso de fango que deje en la orilla y los muebles que no se salven del salitre y la humedad.

jairo vargas – revista público – «la izquierda ante una nueva época», pág. 5

La crisis del neoliberalismo

El capitalismo vuelve a estar en crisis. Lo está en esa forma política que es el neoliberalismo. Y, como en ocasiones anteriores, se pone a prueba, de nuevo, sus asombrosa capacidad de adaptación.

Las recetas neoliberales comenzaron a aplicarse en los años 70: una furiosa apelación anti-Estado y pro-mercado, con propuestas de privatizaciones masivas, bajadas de impuestos y desregulación en todos los ámbitos, incluido el laboral. Estas propuestas asumidas por la derecha y ultra derecha actuales se han demostrado contraproducentes y han demostrado que realmente «no es que quieran reducir el Estado, pues lo que pretenden es que sirva solo a los intereses de los agentes que dominan el mercado.» (Marga Ferré, Copresidenta de Transform Europe, Ibid, pág. 32)

Sus propuestas de austeridad draconiana nacen de un análisis ridículo. Las reglas fiscales del límite del 3% de déficit público fue una ocurrencia de Guy Abeille, asesor de Mitterrand, al que ese número le pareció una bonita cifra sin ningún tipo de análisis: “Esta cifra del 3% la imaginamos en menos de una hora, nació en la esquina de la mesa, sin ninguna reflexión teórica”. Así lo confensó a Le Parisien. La del límite de deuda pública del 60% se calculó a partir de la deuda media de los países de la UE en 1992 y se sigue proponiendo como referencia aunque la situación de los países haya cambiado y hayan pasado más de 30 años.

Sin embargo, el miedo y la rabia que nacen de una situación de crisis e incertidumbre ha sido utilizada por la extrema derecha para presentarse como partidos nuevos, anti establishment, como rebeldes. De ahí que atraigan a votantes jóvenes.

Un nuevo proceso constituyente

La situación ante la que nos encontramos implica reconocer la imposibilidad de un crecimiento ilimitado en un mundo limitado y la necesidad de una «Economía Planificada» que desmercantilice parte de la economía (educación, sanidad, pensiones, vivienda, trasporte, alimentos, agua, energía y comunicaciones) para hacer posible una vida humana para el conjunto de la sociedad. Leigh Phillips y Michal Rozworski, teóricos de la planificación, proponen que la producción y la distribución estén subordinadas a las necesidades humanas y no a la codicia irracional y sin límites que caracteriza al capitalismo más salvaje.

En suma, la propuesta pasa por un nuevo «contrato social» en el que se sienten la bases de nuevas formas de participación democrática en la toma de decisiones y la creación de nuevas instituciones y estructuras políticas. Un nuevo proceso constituyente que permita afrontar desde valores humanos los retos a los que nos tenemos que enfrentar de manera ineludible: cambio climático, acceso al agua, cambios en el modo de entender el trabajo con la irrupción de la robótica y la IA, nuevas relaciones internacionales, nuevos mecanismos de participación y de redistribución de la riqueza, acceso a los bienes públicos esenciales, etc., etc., etc.

Y si el camino fuera recuperar la «Interculturalidad»

“Hace falta un proyecto internacional, coordinado de forma internacionalista, para afrontar la desigualdad, la deshumanización, los muros más altos, la crisis climática, las sequías, el racismo, los enfrentamientos del penúltimo contra el último, jaleados en medios y redes”

olga rodríguez, Ibid., pág. 2

¿Por qué hay tanto ratón escuchando y votando a gatos?

Muchas personas se consideran a sí mismos como «patriotas preocupados» a los que el sentimiento de frustración en el que viven les lleva a un odio que proyectan sobre los partidos independentistas y de izquierda que gobiernan. Son personas que

Actúan en contra de sus intereses pensando que votan a favor de sus principios. Unos principios que se resumen en un nuevo dios: la patria; que actúa como explicación de todo, como ideal, como meta, como fundamento, como esencia última que ser:

Si no puedes pagar la hipoteca: España. Si no tienes trabajo: España. Si tienes hambre: España. Si no tienes casa: España. España. España. España. Eso es lo que te dice Vox.

Gabriel Rufián

Hay una clase trabajadora que vota al PP y a Vox porque su referente es el amo, no los compañeros. Es decir, no tienen como modelo la solidaridad ni hacen grupo para defenderse del ataque y de la opresión de los de arriba, porque son precisamente su referente.

el gran wyoming

La ultra derecha ha proporcionado a personas frustradas, enfadadas, pobres -aunque se consideren «clase media» sin serlo:

  • Un ideal. Un proyecto. Algo valioso que está por encima de los individuos: la patria; España. El nuevo dios.
  • Un símbolo: la bandera.
  • Una base «sólida» y conocida sobre la que sustentarse: las tradiciones (la defensa de lo tradicional, lo de siempre). Frente a las «ocurrencias» de la izquierda que sólo quiere hacer experimentos y añadir extravagancias; o dejar que entren tradiciones extrañas, en nivel de igualdad con las tradiciones propias.
  • Una explicación a la causa de sus problemas: la existencia de una conspiración de las élites progresistas empeñadas en forzar el reemplazo de las costumbres y la eliminación de los nacionales por extranjeros que van a acabar con lo nuestro.
  • Un enemigo fácilmente identificable: los extranjeros (de otras culturas y religiones). Unos pobres, más pobres aún que ellos, que compiten por los trabajos peor pagados y con unos índices de natalidad más altos que los nacionales. Personas fácilmente identificables por su aspecto o color de piel a los que se acusa de ser los culpables de todo: de la inseguridad «real o inventada» en las calles; de la bajada de los salarios; de un gasto social que sólo ellos se llevan, quitando recursos para los autóctonos.
  • Otro enemigo, también fácilmente identificable: el Presidente del Gobierno; al que hacen responsable de todo lo que pasa, incluida la sequía o la pandemia.

La izquierda, en cambio,

  • Carece de ideal. Sus propuestas están tan diversificadas que aturden: el medio ambiente, el feminismo, la protección de los transexuales, el no a la guerra, el sí a la guerra, lo moderno, lo diverso, el no a la prostitución (o quizá no tanto), lo anti normativo, la ecología, el veganismo, el vegetarianismo, el rechazo a la gordofobia o al turismo, el trashumanismo, la bicicleta, la regularización del cannabis, el ateísmo,…
  • No sabe transmitir su proyecto porque ha dejado de crear una idea fuerte que sirva como aglutinante de sus votantes.
  • Carece de control sobre los medios de comunicación (propiedad de las grandes empresas que han descubierto su importancia) y sobre las redes sociales que, machaconamente, repiten los eslóganes de la ultra derecha construidos para resultar fáciles de aprender: «quieren acabar con España»; la culpa es de «perro xanchez»; «las paguitas para los extranjeros»; «nos roban»; «si sales a comprar el pan, te okupan la casa»; «nos están invadiendo y no hacemos nada por evitarlo»; «siempre ha habido fases de calentamiento en el planeta»;…
  • Ofrece miedo y no ilusión o esperanza: es el miedo al cambio climático, a las epidemias, a la próxima crisis económica, a la falta de combustibles, a la guerra, a las olas de calor, a la subida del nivel del mar,…
  • Sus propuestas son tremendamente incómodas porque empeoran la vida de la gente: comer menos carne; dejar de usar el coche; peatonalizar el centro de las ciudades; aceptar lo diferente; reducir el turismo; reducir el consumo; asumir la necesidad del decrecimiento; la desunión de España;…
  • Su voracidad es ilimitada, exigiendo cada vez más impuestos para hacer posible sus planes para reducir la desigualdad o para afrontar su diversidad alocada de proyectos incómodos.
  • Además, cada vez menos países están gobernados por este tipo de partidos.
  • La izquierda no es nacionalista.

«Porque toda ola reaccionaria tiene, en su raíz, la misma fórmula elemental: miedo, odio, fanatismo y un absoluto desprecio por la ciencia, por el conocimiento, por la cultura y por la verdad.»

ignacio escolar – director de eldiario.es

De lo español: españoles y enemigos de España

En politología se tiene claro que los tres motores para vencer en política son: el miedo, el rechazo y la esperanza (siendo este el más poderoso y difícil de activar pues mueve al entusiasmo por lo que se quiere alcanzar).

Del mismo modo, la simplificación es la estrategia que evita hablar sobre las tres o cuatro propuestas que forman parte de los programas de los distintos partidos. Eso es lo que está creando la derecha y la ultraderecha con el «sanchismo» y el concepto de su «España». Crear un «marco reduccionista, simplificador y binario que evite de alguna forma o que disuelva la discusión o la deliberación sobre políticas públicas concretas o sobre un proyecto de país» (Andrés Gil – ElDiario.es). Todo ello con un toque de nacionalismo, de protección de nuestro campo y de lo rural, de nuestros agricultores y ganaderos, de la tradición y de una parte de la Constitución.

Lo «español», «España», es un concepto muy emocional (como lo fue «la casta» para Podemos), un concepto que excluye cualquier forma de nacionalismo-independentismo y que convierte en «enemigo» a cualquiera que ponga en cuestión «lo español» tal y como ellos lo entienden (no aceptan otra forma de hacerlo). Y con ello consiguen el objetivo indicado arriba: crear un enfrentamiento entre buenos y malos, simplista y reduccionista (fácil de entender para todos y con una fuerte carga emocional) con el que orientan la actividad política y consiguen dejar de lado las propuestas concretas que cada partido lleva en su programa electoral. Objetivo cumplido.